jueves, 29 de junio de 2017

“Por uno de los doce haces: Un viaje hacia La Torre Oscura”

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-Artemio-


En una realidad alterna hay una manifestación física de la Torre Oscura, el centro de la existencia donde todos los universos tienen nexo en espacio y tiempo, y los agentes del caos liderados por el Rey Carmesí intentan destruirla para que impere la discordia.
Fundada por el héroe legendario Arthur Eld (y con su arma predilecta como emblema), una ancestral orden de caballeros conocida como ‘pistoleros’ protege la Torre.
Solitario tras sobrevivir la batalla que costó el mundo entero, Roland Deschain, oriundo de la nación de Gilead y último heredero de Eld, atraviesa un mortal y cuasi infinito desierto tras la pista de su oponente, el Hombre de Negro, pues solo él sabe cómo llegar hasta la Torre Oscura y asegurar que permanezca en pie.

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Mucho antes del boom detonado por compañías cinematográficas en años recientes, los relatos de Stephen King ya habían convergido en un universo ficticio, siendo la Torre Oscura -en más de una forma- el pilar sobre el cual se sostiene.
Dentro de la saga, la Torre Oscura es el eje de la existencia y, de manera paralela, la saga en sí misma puede verse como el eje que une al resto del imaginario de King.

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En la Universidad de Maine, el poema “El noble Roland a la Torre Oscura llegó” de Robert Browning fue la piedra angular para una obra que aparcería periódicamente a partir de 1978 en The Magazine of Fantasy and Science Fiction, cuatro años antes de dar forma a una novela titulada El pistolero.
En el prólogo a las nuevas ediciones para las entregas de La Torre Oscura, King relaciona al diecinueve con una áspera madurez, habla sobre El señor de los anillos, El bueno, el malo y el feo, y el carácter épico en ambos durante el punto clave de la adolescencia. No solo el pistolero proviene del poema de Browning, sino que éste es la base espiritual de Mundo Medio.

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A los catorce años, tras rondar la mesa de novedades en una librería de mi ciudad natal, mi padre me compró una edición recién salida de una novela de Stephen King sobre la cual no había oído hablar hasta entonces. En la contraportada se leía: “El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él”. Luego de eso, muy poco acerca de la trama: el protagonista y un niño llamado Jake Chambers viajando hacia la Torre Oscura. Invitaban el misterio y lo fantástico. La lectura estuvo cargada en todo momento con dejos de enigma y emblema.
La presencia del 19 hallaría su igual con el 99 en libros subsecuentes, al igual que una palabra que empieza con la decimonovena letra del alfabeto a modo de preámbulo (Reanudación, Renovación, Redención…) haciendo eco a lo largo de una narración de largo aliento.
Fue increíble leer El pistolero por primera vez, cuando nada estaba claro. Con tal de volver al lector parte de la aventura, en vez de brindar una zona de confort aclarando dónde, cuándo o de quién se habla, ni el autor, ni los personajes, ni la voz de los recuerdos dan algo por sentado. Descifrar el misterio hermana a los personajes para que, guiados por el pistolero, lleguemos todos hasta el fin de la historia, donde descubriremos cómo está construido este mundo que “se ha movido”.
La Torre Oscura lleva a cabo un gran reto dentro de la literatura, volviéndola una joya invaluable, poseedora de un mérito poco común, generando la clase de dicha que pocas veces se halla y debe atesorarse.

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En este momento particular, las obras de ficción más mediatizadas vuelven imposible no generar un contraste entre un cliffhanger al mejor estilo de George R. R. Martin y el momento cumbre que involucra a los dos protagonistas de manera inesperada (casi descabellada) cerca del final de El pistolero.
Los finales de capítulos, episodios, libros o temporadas ligados a Martin dejan boquiabierto y sin palabras al espectador, generando emociones fuertes de intriga emoción y temor.
El momento crucial en El pistolero involucra una caída, es contundente, vital, y desgarrador. No se trata de una emoción fuerte evocativa a Martin, sino de catarsis. El vínculo que para ese momento de la lectura uno ha desarrollado con los personajes vuelve inevitable compartir la sensación de vacío.

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Mi pasión exponencial hacia La Torre Oscura se dio al tiempo que avanzaba su redición a cargo de Plaza y Janés.
Tras infructíferas visitas a cada librería y sección de libros en tiendas departamentales, la espera por la cuarta entrega de la saga se tornó endiabladamente larga, de modo que en una pequeña librería conseguí una edición de pasta dura, un tanto más cara, de diez años atrás, a cargo de Ediciones B. Hasta entonces, los volúmenes de Plaza y Janés contaban con ilustraciones de distintos artistas increíbles. Fue doloroso no conseguir Mago y cristal, donde había participado el legendario Dave McKean; no obstante, la edición de Ediciones B llevaba por título La bola de cristal, españolizaba el nombre del protagonista con un ‘Rolando Deschain’, y claro que tenía su encanto.
Posteriormente, a Plaza y Janés y Ediciones B en la cabecera se sumaron Lobos del Calla en edición de Random House Mondadori, una adaptación de “La estación de paso” a cargo de la Marvel, y otros cómics en formato digital, volviendo La Torre Oscura una experiencia variopinta.
Así como, por momentos, el viaje hacia la Torre Oscura se antoja interminable a los miembros del ka-tet, veo que mi aventura con esta saga no ha terminado. Al mismo tiempo, la llegada del pistolero a la gran pantalla se distiende de la mera adaptación y apunta cada vez más hacia la continuación.

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En ocasiones, la prueba de fuego para determinar el valor de una obra se da cuando ésta genera una emoción tan profunda, que la coloca por encima de lo que concientemente se tiene por superior e invicto. Aun cuando debemos a Tolkien la fantasía en nuestra era, y restar importancia a su obra es imposible, lo épico en la Torre Oscura me obliga a colocarla por encima de la mismísima Saga del Anillo como la pieza de fantasía épica por excelencia.

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El surgimiento de todo proyecto de adaptación audiovisual puede terminar como obra maestra, o como algo del todo prescindible. Dar a conocer una gran historia debe ser el factor decisivo para ver si debe respetarse el material que inspiró una obra cinematográfica, o si hay que tomar ciertas libertades. Los involucrados en la trasposición de un universo ficticio no pueden cumplir cada una de las expectativas del público con respecto a la historia que conocían, ni hacia el modo en el cual, hasta entonces, un grupo de talentosos artistas lo habían dado a conocer.
Ya desde que leí El pistolero, rumores daban esperanza sobre una adaptación fílmica de la saga. Cada año que pasaba sin concretarse el proyecto de la adaptación cinematográfica era -a un tiempo- tortuoso y esperanzador. Ron Howard y Rob Reiner eran los mejores directores candidatos. Entre Russel Crowe y Javier Bardem, no nos era difícil imaginar a cualquiera en el papel de Roland Deschain. Algunos rumores hablaban sobre la propuesta extendida a Aaron Paul para interpretar al junkie neoyorkino Eddie Dean. Una obra cinematográfica de largo aliento complementada con la seriación en la pantalla chica prometía cohesión para la vida de Roland antes y después de dar caza al Hombre de Negro, una historia hasta entonces contada a través de novelas, relatos, historietas y juegos de rol.
Al tiempo que fungió como co-escritor, finalmente la silla del director la ocupó Nikolaj Arcel, mejor recordado como guionista de La chica del dragón tatuado. Contrario a un retrato fidedigno de El pistolero, apoyada en el crucial papel que en la saga tiene “el ciclo que vuelve”, La Torre Oscura será una continuación de las novelas con referencias constantes (y algunas variantes) hacia distintos elementos de los primeros libros.
Esperé más de una década para ver el tráiler de La Torre Oscura. No cabe duda que la elección de los actores principales será un factor decisivo en cuanto a por qué varios asistirán al cine para verla.  Matthew McConaughey encarna al Hombre de Negro.
Cualquiera proveniente de nuestro mundo que se cruzara con Roland Deschain tendría como referentes directos a Clint Eastwood y a Terminator. Los ojos azules de un hombre cuya edad se cuenta con eones no pertenecen a un atleta fornido y joven, sino a un hombre agotado que insiste en continuar, cuyas rodillas crujen al agacharse para encender una fogata. Nadie esperaba que Idris Elba fuera el pistolero.  
El destino para la reacción hacia la llegada de La Torre Oscura a las salas de cine es incierto, pero espero salir extasiado de una de ellas. La balanza donde están las adaptaciones fílmicas basadas en obras de Stephen King se inclina peligrosamente hacia lo prescindible y absurdo, pero siempre prevalecen aquellas gloriosas y dignas de elogio. Ojalá La Torre forme parte dicho panteón. Ojalá dicha muestra alcance el grado épico que tanta falta hace para poner a la fantasía a salvo.
Por mientras: largos días y gratas noches, sai.



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